Para Natalia Majolli (28) y Eduardo Lemme (29), la vida cobró un nuevo sentido el pasado 8 de marzo, cuando salieron de Tucumán con un norte claro: visitar las 23 provincias del país en un plazo de entre 18 y 24 meses. Su relación, que ya lleva siete años, siempre estuvo ligada al movimiento. De hecho, Natalia recuerda que el noviazgo se selló en pleno camino: “Nos pusimos de novios en un viaje que hicimos a Amaicha y Salta y el viaje lo fuimos haciendo a dedo, porque siempre nos gustó ese estilo”.
Aunque no se atan a un itinerario rígido ni a calendarios estrictos, la pareja busca refugio en el clima del litoral para cuando llegue el invierno. Tras su paso inicial por Catamarca, su brújula los guía ahora hacia La Rioja, motivados por la idea de exprimir al máximo su juventud antes de que lleguen las responsabilidades de una familia a cargo.
Su mundo hoy cabe en un baúl y cuatro alforjas. Cargan apenas lo vital: carpa, bolsas de dormir, anafe y algo de ropa. “Tenemos lo mínimo de ropa: dos remeras, un par de zapatillas, dos pantalones y dos camperas que nos vamos intercambiando”, relata Eduardo. Pese a la austeridad, la seguridad no fue negociable y ambos invirtieron en trajes con protecciones para enfrentar cualquier imprevisto en la ruta.
El inicio de la travesía fue un torbellino de sensaciones. Una caravana de afectos los escoltó desde la capital tucumana hasta Acheral. “No lo podíamos creer, porque sabíamos que nos íbamos, pero tener toda la moto equipada y estar despidiéndonos fue un montonazo, muy movilizante”, confiesa Natalia. La primera noche, en San José (Catamarca), les dio la bienvenida a su nueva realidad: “Todos los días hay gente que tiende y distiende la cama. Nosotros vamos a armar la carpa, inflar los colchones, desarmar la carpa y desinflar los colchones todos los días. Es lo que elegimos”, aseguran a dúo.
El camino hacia la partida no fue sencillo. Tuvieron que enfrentar la resistencia inicial de sus familias y superar obstáculos económicos y de salud, como una cirugía de hombro de Eduardo que postergó los planes un año. Natalia, que trabajaba como trabajadora social en el Servicio Penitenciario y en un geriátrico, y Eduardo, que atendía su propia bicicletería y taller, decidieron que el confort de lo conocido ya no les bastaba. “Nunca nos gustó la rutina, no nos sentíamos cómodos”, explica él.
Para costear el combustible y la comida, Natalia apela a sus ahorros de toda la vida: “Para un proyecto de vida”, justifica. Eduardo, por su parte, empezó a ahorrar desde que ella le lanzó la propuesta: “Me dijo: ‘Vamos de viaje’. Y yo recién ponía un peso en el chanchito”, recuerda entre risas. Hoy, complementan su presupuesto vendiendo collares y stickers en cada plaza donde frenan.A través de su cuenta de Instagram, @momentoderodar, documentan los paisajes y la hospitalidad de los pueblos, como ocurrió en Londres (Catamarca), donde fueron agasajados por la municipalidad. Para ellos, el desapego material es el precio justo a pagar por una colección inagotable de vivencias.