

Alex Honnold volvió a ocupar el centro de la escena internacional tras escalar sin sogas ni sistemas de seguridad el rascacielos Taipéi 101, en Taiwán. La estructura cuenta con más de 500 metros de altura y 101 pisos, y durante años fue considerada la más alta del mundo. La ascensión se realizó en modalidad free solo y fue transmitida en vivo mediante una plataforma de streaming. El evento generó impacto por el riesgo asumido y reabrió el debate sobre los límites humanos frente al peligro.
El escalador estadounidense, de 40 años, construyó su carrera deportiva sobre desafíos extremos sin ningún tipo de protección. Entre sus antecedentes más conocidos figura la escalada de El Capitán, un monolito de casi mil metros en el Parque Nacional Yosemite. También completó el ascenso del acantilado Ingmikortilaq, en Groenlandia, con más de 1.100 metros de altura. Estos logros consolidaron su reputación dentro del mundo de la escalada.

A partir de ese perfil, Honnold aceptó someterse en 2016 a estudios neurológicos para analizar su respuesta cerebral ante el miedo. La investigación estuvo a cargo del médico James Purl y la neurocientífica Jane Joseph. Ambos utilizaron resonancias magnéticas funcionales para observar el funcionamiento del cerebro durante la exposición a estímulos considerados amenazantes. El objetivo fue comprender cómo procesa el peligro una persona expuesta de manera constante a situaciones límite.
Los resultados sorprendieron a la comunidad científica. La amígdala, una región cerebral clave en la gestión del miedo y las emociones, mostró en Honnold una activación mínima. Imágenes diseñadas para provocar pánico no generaron respuestas intensas en su cerebro. El estudio incluyó una comparación con otro hombre de la misma edad, también vinculado a deportes extremos. Mientras el segundo reaccionaba con normalidad, la amígdala de Honnold permanecía prácticamente inactiva.

Según los especialistas, este patrón neurológico podría explicar su capacidad de mantener el control en contextos de alto riesgo. El cerebro del escalador interpretaría las señales de amenaza de manera diferente. A ese rasgo se sumaría un entrenamiento físico y mental prolongado. La concentración, la planificación y la toma de decisiones precisas resultan centrales en cada uno de sus ascensos, donde cualquier error puede ser fatal.
En el desafío realizado en Taiwán, Honnold tardó cerca de una hora y media en completar la escalada del Taipéi 101. Durante el recorrido enfrentó fuertes ráfagas de viento y una estructura con tramos sin apoyos evidentes. Avanzó únicamente con manos y pies sobre salientes metálicas. “Había mucho viento, así que estaba tratando de equilibrarme bien y no caerme de la aguja”, explicó tras alcanzar la cima.
El evento, denominado Skyscraper Live, había sido reprogramado por condiciones climáticas adversas y finalmente se concretó un domingo. Cientos de personas siguieron la escalada desde el suelo. Honnold afirmó que el acompañamiento del público influyó en la experiencia. Señaló que la presencia de espectadores transformó el desafío en un momento compartido. La combinación entre ciencia, entrenamiento y exposición extrema volvió a ubicarlo como una figura singular dentro del deporte.
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